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Mitos frecuentes entre supervivientes a la muerte de un ser querido por Suicidio: Mito 3


Mitos frecuentes entre Supervivientes a la muerte de un ser querido por Suicidio: Mito 3

Justificación: Muchos supervivientes a la muerte de un ser querido a causa de suicidio necesitamos encontrarle una explicación a su conducta suicida. Esa explicación o justificación nos sirve muchas veces para reconciliarnos con el difunto y “perdonarle” el enorme dolor y sentimiento de abandono que nos provocó con su decisión. Es casi siempre por eso y porque nos angustia la duda de no saber “¿por qué lo hizo?”, que empezamos a buscar explicaciones simples: “porque tuvo una infancia difícil”, “porque estaba enfermo”, “porque el amor de su vida lo abandonó”, “porque sufría penurias económicas”, etc. Más allá de que algunas de estas explicaciones fáciles pudieran haber actuado como factores de riesgo o incluso como disparadores de la conducta suicida, debemos evitar pensarlas o expresarlas como causas únicas o principales, no solo porque simplificar de este modo el proceso suicida es incorrecto sino también porque es peligroso.


Consecuencias: Asociar un acto suicida a una causa en particular pretendiendo de ese modo explicarlo o justificarlo solo favorece los procesos de identificación e imitación en personas vulnerables. Es decir, cualquiera que se sienta identificado con la causa o razón mencionada, por ejemplo, haber tenido una infancia difícil. Se sentirá de alguna manera habilitado para el pensamiento o el comportamiento suicida. Después de todo, si otro lo hizo por la misma causa, por qué no podría hacerlo también. Por este motivo, este tipo de justificaciones o explicaciones simples aumenta el riesgo de suicidio entre los supervivientes.


Realidad: Hoy en día todos los especialistas y asociaciones para la prevención del suicidio alrededor del mundo aceptan que el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal que acontece precedido de un largo proceso (ver el proceso suicida) y que las supuestas “causas” que a menudo se mencionan suelen ser solo uno más de los múltiples factores de riesgo que intervienen en un proceso suicida en particular. O, a lo sumo, un disparador, es decir, el último pensamiento que atormentó al difunto, la gota de agua que desbordó el vaso, nunca una causa.

La prueba viviente de que un solo acontecimiento o circunstancia no sirve para justificar o explicar un suicidio son la gran mayoría de personas que habiendo padecido ese acontecimiento o circunstancia (por ejemplo una infancia difícil), no se suicidan.

Otra forma de verlo es imaginar al proceso suicida como una balanza de platillos. En un lado se van sumando las innumerables vicisitudes que inevitablemente nos tocarán transitar durante nuestra vida, del otro los recursos y habilidades que vamos aprendiendo para hacerle frente a estas vicisitudes. El riesgo se incrementa cuando los problemas superan en mucho a los recursos inclinando la balanza hacia el pensamiento suicida, pero aún en estas circunstancias, nos queda la posibilidad de pedir ayuda y de este modo acercar más recursos.

Por eso, si necesitamos una explicación para el suicidio de un ser querido, lo más simple que podemos decir, sin alejarnos mucho de la realidad, es que las vicisitudes acumuladas a lo largo de su vida le generaron un sufrimiento que se tornó insoportable porque no supo o no pudo procurarse los recursos necesarios para afrontarlas o pedir ayuda a tiempo.


 

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