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Carencias, fantasías y suicidio

Actualizado: 12 nov


Carencias, fantasías y suicidio

Nací y crecí en un barrio pobre y en una familia muy pobre y conflictiva. Entre mis recuerdos de la infancia aparece mi mamá, siempre sentada frente a una máquina de coser y casi no aparece mi padre. Tal vez, como dice mamá, porque nunca estaba en casa. Sí recuerdo el arma que siempre dejaba sobre la mesa de luz. Mi padre era policía en esa época, y aunque su arma estaba a mi alcance, de algún modo me enseñó muy bien que no debía tocarla. Aún siento repulsión por las armas de fuego. También recuerdo las discusiones con mi mamá, siempre por los mismos temas, celos y dinero.


Esta etapa terminó cuando yo tenía cinco años. Mi mamá resumió muy bien lo que pasó: “papá nos abandonó, así que vamos a tener que arreglarnos solos”. No supe más de mi papá hasta mis 19 años. Se contactó conmigo y dijo que quería verme. Ya no era policía, vino al barrio con un auto lujoso y me llevó a un café más lujoso aún. Pensé que se iba a disculpar por tantos años de ausencia y hasta había pensado en aceptar sus disculpas porque ya estaba cansado de no tener padre, pero no fue eso lo que pasó. Mientras miraba mi taza de porcelana con las zapatillas rotas me dijo: “Me preocupa tu futuro, qué pensás hacer de tu vida?”. Todo un rosario de recriminaciones pasó por mi mente, pero realmente quería hacer las paces. “Quiero ser contador”, le respondí, “ya me anoté para el CBC en la UBA”. “Nada de eso”, replicó, “yo puedo pagarte una universidad privada”. Pensé en rechazar su oferta por orgullo pero también sentía que era algo que él me debía. Así que me anoté en una universidad muy cara.


En la facultad me fue bien, aunque no hice muchos amigos, siempre me sentí como sapo de otro pozo. Con mi padre me seguí viendo, aunque no muy seguido, conocí a su esposa, que al lado de mi mamá parecía una modelo de la televisión y a mis hermanas, a las que yo les decía princesas, un poco porque siempre estaban bien vestidas y otro poco porque no conocían el mundo real, no sabían lo que era ir a entregar un pedido solo por la propina y volver sin nada, ellas tenían todo a su disposición. También me mostraron fotos de sus viajes alrededor del mundo. Mi padre justificaba esos gastos diciendo que por su profesión tenía que conocer lo que vendía. De hecho era dueño de una agencia de viajes importante.


A los dos años me pidió que trabajara en la agencia de viajes para pagar mis estudios. No me gustó que me lo plantee así pero realmente yo quería conocer el negocio familiar y pensé que además podría ser una experiencia útil como contador. Nada de eso sucedió, me pusieron a hacer tareas administrativas menores. De las cuentas se ocupaba un tal Pedro, un señor bajito con anteojos y cara de enojo que cuando llegaba mi papá se encerraba con él en la oficina. Yo no llegaba a entender el motivo de sus discusiones pero era evidente que discutían. Tampoco entendía por qué mi papá no lo echaba y ponía en su lugar a alguien que entendiera su visión para los negocios. De todos modos, la agencia iba viento en popa. Cada vez vendíamos más viajes y cada vez mi padre gastaba más dinero. Hasta me invitó a uno de sus “viajes profesionales” por Europa del Este. Al volver también conocí a mi tío Edgardo y a su novia que habían contratado un viaje al Lejano Oriente para su luna de miel.


De a poco fui olvidando los resentimientos con mi padre, era una persona cautivadora que contagiaba optimismo, alegría y seguridad. Por eso a todos nos sorprendió cuando lo encontramos muerto en el baño de la oficina. Se había suicidado, no cabía duda.


Sus antiguos compañeros de armas le ofrendaron un velatorio digno de la imagen que había sabido construir en vida. Pero no todo estaba en orden. La viuda y las princesas tenían cara más de enojo que de tristeza, escuché a mi tío Edgardo decir que lo de su viaje era lo de menos y, lo más inesperado, Pedro se acercó y me dijo: “Pibe, buscate un laburo y andate lejos, este castillo de naipes se va a caer y no quiero que te aplaste”.


Pese al consejo de Pedro y a que la agencia estaba cerrada por duelo, el lunes fui a trabajar como siempre. Frente al edificio había una multitud de gente enfurecida exigiendo la devolución de su dinero. En un momento entendí todo. El increíble crecimiento de la agencia fue una gran estafa a miles de clientes. Toda la vida de mi padre fue una estafa en la que todos caímos subyugados por sus encantos. Sentí ganas de sumarme a la protesta con una pancarta que dijera “A mí también me estafó”. Pensé que si mi padre no estuviera muerto, yo y muchos más tendríamos ganas de matarlo, me sentí tan estúpido, me reproché no haberle recriminado nunca el abandono, más me reproché haber aceptado sus dádivas y sumarme a su circo. La había hecho bien: cuando el colapso fue inevitable se mató. No le importó su esposa a la que tanto decía amar, no le importaron las princesas mimadas ahora huérfanas y sin dinero para pagar su escuela bilingüe, los clientes estafados que ahora protestaban en la vereda, las decenas de empleados que quedaron en la calle sin tener a quién reclamar. No le importé yo, el hijo que lo esperó y se sumó sumisamente a su juego. Sentí ganas de matarme yo también.


De todo esto ya pasaron muchos años. Con el tiempo aprendí a perdonarme y a perdonarlo. Entendí que estaba enfermo, que él también fue víctima de la situación, que sus propias carencias lo agobiaban e intentaba taparlas con lujos que no podía pagar honradamente, que detrás de su sonrisa y su optimismo escondía una angustia que llegó a hacerse insoportable. Por momentos me culpo a mi mismo por no haberme dado cuenta, pero acepto que entonces era joven e inexperto. Si hoy pudiera volver el tiempo atrás le diría: “Papá no sigas, si te equivocaste da la cara y que pase lo que tenga que pasar, pero no sigas avanzando hacia la muerte, porque te necesito vivo, porque te quiero, porque siempre te quise, aún en la época en que sentí que me habías abandonado”


Tanto mi padre como mi madre me dejaron enseñanzas muy valiosas. Mi madre me enseñó a vivir en la realidad, y mi padre me enseñó trágicamente los peligros de vivir en un mundo de fantasía. Hoy trato de vivir en la realidad. Luché mucho por salir de la pobreza pero el dinero no me marea. Intento que las personas que me importan me quieran por lo que soy y no por lo que tengo y trato de avanzar paso a paso. Disfruto de las cosas pero más aún disfruto del amor de mis seres queridos.

 

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